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    ¿Es algo subconsciente que todavía no se materializa?

     

    Con el suave deslizar del viento
    la noche empieza a presentarse,
    grandes jirones de nubes negras
    están ensombreciendo ahora el cielo
    y parecen perseguir al crepúsculo.


    No hay instantes perdidos sino dudas concretas.
    No hay momentos mejores sino caminos buenos.


    Patio interior,
    las hojas brillantes de un magnolio
    captan con furia los pedazos de luz solar
    y el mundo gira a mi alrededor
    retándome con sus secretos.


    Luego, ocurre lo que tiene que ocurrir:
    la luz lunar es más fuerte que ellos y enmudecen.


    No quiero morirme sin haber podido volar,
    volar hacia el centro de la noche.
    Me duermo dulcemente como en un camino veraniego
    bajo la sombra de un árbol centenario
    que aún nadie ha cercenado.


    Y una hermosa luz azulada reposa en la ventana
    mientras el sueño me vence.


    Voy continuando mi paseo,
    esa sensación me coge y me arrastra,
    me alza, me coloca en un lugar superior,
    me llama con inusitada fuerza,
    casi con violencia.


    Se oyen voces en el piso de abajo, en el teatro inferior,
    Siento una inmensa pereza por hablar con alguien.


    Experimentando el placer de la posibilidad,
    de puros efímeros que son sus resultados,
    te sumergen en la evidencia de que es urgente
    e imprescindible una nueva teoría del tiempo…
    La hermosa, hermosa luz lunar, ilumina el paisaje,
    y me detengo, impresionada.
    Será un altiplano en la costa de mi vida
    que hará variar el rumbo del barco,
    pero desde aquí es maravilloso esperar...

    (Ekadanta)         


    ¿Y ahora qué?

     


     

     
    La libertad no es la facultad de hacer o deshacer a nuestro antojo,
    sino la capacidad de aceptar los acontecimientos y entenderlos.
     
    Y la casualidad no existe,
    pero no por ello nuestro futuro está determinado,
    somos nosotros quienes lo contruimos cada día, paso a paso.
     
    Y la libertad existe,
    pero no es individual.
    La verdadera libertad es la de todos juntos,
    de la humanidad entera,
    que es quien en verdad decide.
     
    Nunca jamás será mi libertad,
    porque si le añado un posesivo deja de ser "la libertad".
     
    Calificar es limitar.
     
    Y el Universo carece de límites,
    al igual que la imaginación y el poder creador de la humanidad...
     
     
    <<...Yo, Enoc, esta mañana he hablado con mi padre, el gran Jared, uno de los que nacieron del cielo. El tiempo ha resultado muy largo para los que soñamos con paseos galácticos, pero, finalmente, hemos vencido, me ha dicho ya anciano con una sonrisa en los labios. ¡Sí!, he exclamado. Ha llegado el gran momento.
     
    Me ha costado decenas de generaciones reunir toda la maquinaria celeste que me permitirá dar el gran salto, pero yo, Pangea, por fin dispongo de toda la tecnología necesaria, aunque no ha resultado fácil. Enviar naves a través del espacio es sondear el Universo pinchándolo con alfileres. Se trata de un trabajo arduo y difícil, tremendamente costoso, pero para mí es la menor de mis preocupaciones.
     
    Para Pangea la tecnología, sea cual sea, siempre está al servicio de la Tierra y de la humanidad. La Tierra me ha dado la vida y ésta existe sólo en la medida en que los diferentes organismos vivimos en simbiosis. Las partículas elementales eran, en un principio, bacterias independientes. Comenzaron a vivir en simbiosis con otras y esas relaciones fueron esenciales para la vida de las células animales y vegetales que perdieron la facultad de vivir independientes. Yo, la sociedad humana, también sigo un proceso similar al de las bacterias. Yo, el Hombre, abandonado a mí mismo ya no soy nada. He creado tantas interdependencias que ya me es imposible vivir en soledad. He logrado que la comunidad de los hombres, la acumulación lenta del saber y de la experiencia transmitida de generación en generación, se convierta en el elemento esencial que asegurará el triunfo y la supervivencia de mi especie. La aventura espacial debe, por lo tanto, ponerse al servicio de toda la humanidad. Se trata, pues, del programa más ambicioso jamás concebido, que comienza con la instalación de la Ciudad del Sol, la gigantesca estación orbital que gira con la Tierra y se mantiene geoestacionaria a treinta y seis mil kilómetros por encima de Pangea, siempre mirando hacia la gran isla. A esta altitud, cubre el gran continente de un extremo a otro, hasta el último rincón, y puede abarcar toda la humanidad con una sola mirada. Es la herramienta ideal para unir a una sociedad que ha comprendido que el fin último de la evolución no es el individuo, sino la humanidad, el Ser Superior, el suprahumano, la gran mente colectiva, el primer paso para alcanzar la Mente Universal.
     
    Yo Enoc, yo Pangea, creo en la humanidad, no tan sólo en un grupo particular, en una parte de la sociedad o en los que creen, sienten y piensan de determinada manera. Es por eso, porque para mí existe una sola humanidad lejos de la lucha de clases, en la que he imaginado otro sistema social donde los enfrentamientos son inexistentes. Es más: resultan impensables.
     
    ¿O acaso no se me ocurre otra forma de vida que no sea el totalitarismo, cuando hablo de colectividad, o el lieralismo salvaje, cuando me planteo la salvación de la personalidad individual?
     
    Los extremismos son moneda corriente, pero, en el fondo, provienen de un único error. Cuando caigo en la trampa de los extremos, busco dominar al otro porque sólo reconozco dos clases de individuos: los ganadores y los perdedores. Entonces entro de lleno en un mundo dual, donde algo, lo que sea, o es blanco o es negro, o es sí o es no, o es izquierda o es derecha, o es arriba o es abajo. No existe una tercera posibilidad. Nunca hay intermedios. Y todo se rige por los mismos parámetros.
     
    Sin embargo, yo Enoc, yo Pangea, yo la humanidad, yo el mundo, yo la mente colectiva, he decidido cambiar las reglas del juego. He decidido conquistar el universo para mi servicio. He decidido dar el salto más espectacular de la evolución y alcanzar la verdadera globalización, la que rompe todas las fronteras, no la que está al servicio de los que dominan. Y no por ello voy a compararme con una triste abeja de la colmena o con una simple hormiga del nido que identifica su destino con el de la colectividad. Eso constituye una trampa harto grosera y significa tanto como negar la evolución e ignorar los datos que me proporciona la biología. A medida que asciendo en la escala de los mamíferos y de los primates y me acerco al hombre, confirmo los comportamientos sociales y el sentido de grupo. No soy ningún insecto. Es con mi cerebro como me he ganado a pulso la libertad de actuar, la autonomía de mis decisiones, y esto, los insectos, son incapaces de lograrlo. Su tamaño físico les impide disponer de un sistema nervioso central tan complejo con el mío. Están condenados a vivir y a actuar de acuerdo con los automatismos inscritos en sus genes.
     
    ¡Ciegamente, sin posibilidad de razonar! Sin alternativa posible. ¡Sin libertad!
     
    Mi camino, el de Pangea, es otro. Mi consciencia despertó hace mucho tiempo, he asumido con satisfacción la dualidad de mi especie, llevo una vida social natural y siento profundamente mi individualidad. Todas mis realizaciones se inspiran en la vida, en el modelo de la interdependencia entre las cosas y los seres que me rodean: animales y plantas. Mi tecnología es el fruto de una filosofía práctica que tiende a obtener la felicidad de todo el planeta. ¡No tan sólo la mía, la individual!
     
    Ahora, cuando por fin he construido e instalado la Ciudad del Sol, observo la Tierra desde lo alto, la analizo, preveo lo que puede suceder, organizo y gobierno. He conseguido la unidad cultural, la unidad de objetivos y he desterrado la divergencia de creencias. No existen las religiones, porque nací del agua y he evolucionado por medio de la observación. ¡Y soy consciente de ello! Po lo tanto, no necesito creer en la existencia de seres divinos, porque sé cúal es mi origen y cúal es el camino de mi evolución. He aprendido que cuando aparece el conocimiento, desaparece la fe, porque no tiene razón de ser. Resulta más que evidente que quien sabe ya no necesita creer.
     
    Yo, el Hombre, estoy llamado a crecer como consciencia colectiva y a dominar el infinito. El camino no está trazado, se traza a cada instante, en función de los pasos que voy dando. ¿Hacia donde? ¡Qué más da! ¡Hacia el infinito! ¡Sin límite! El futuro, mi futuro, lo establezco yo.
     
    Y cuando he comprendido lo que significa que el camino no está trazado y que es colectivo, es cuando desaparecen las fronteras, dejan de tener sentido las razas, mueren las creencias, finaliza la lucha de clases y empiezo a vivir verdaderamente en colectividad y con un objetivo común.
     
    Yo, la mujer,soy la madre-tierra que engendra a los hombres; y del culto a la vida nace el modo social que ordena mi vida en Pangea. No es un matriarcado, que implicaría una superiodad de la mujer sobre el hombre, que no es mi caso, donde yo, la madre, ocupo una posición predominante sin ser dominadora. Mi papel de mujer engendradora del género humano es tan evidente como universalmente reconocido. No hay más que un continente, no existe más que una tierra y una forma de vida, porque yo, Pangea, soy única.>>